ZARATUSTRA: DEL ÁRBOL DE LA MONTAÑA

Traducción de Teresa – teresa_0001@hotmail.com

Nietzsche, sobre aquellos que alcanzan (u obtienen para sí) rápidamente altos puestos espirituales, elevados niveles de santidad o pureza y se vuelven orgullosos, livianos consigo y con los demás, ocultando a sí y a los demás sus debilidades, sus vicios y sus males.

Del Árbol de la Montaña

Los ojos de Zaratustra habían visto a un mancebo que evitaba su presencia. Y, una tarde, al atravesar en soledad las montañas que rodean la ciudad denominada “Vaca Manchada”, encontró a ese mancebo sentado al pie de un árbol, dirigiendo al valle una mirada fatigada. Zaratustra agarró el árbol en que se recostaba el mancebo y dijo: “Si yo quisiese sacudir este árbol con mis manos no podría; pero el viento que no vemos lo azota y lo doblega como le place. También a nosotros manos invisibles nos azotan y doblegan rudamente”.

Ante tales palabras, el mancebo se irguió asustado, diciendo: “Oigo a Zaratustra, y positivamente estaba pensando en él”.

“¿Por qué te asustas? Lo que le sucede al árbol le sucede al hombre. Cuánto más quiere elevarse hacia lo alto y hacia la luz, más vigorosamente entierra sus raíces hacia abajo, hacia lo tenebroso y profundo, hacia el mal”.

“¡Sí; hacia el mal! – exclamó el mancebo. ¿Cómo es posible que hayas puesto mi alma al descubierto?”

Zaratustra sonrió y dijo: “Hay almas que nunca se descubrirán, a no ser que se empiece por inventarlas”.
“¡Sí; para el mal! – exclamó otra vez el mancebo. Decías la verdad, Zaratustra. Ya no tengo confianza en mí desde que quiero subir a las alturas, y ya nada tiene confianza en mí. ¿A qué se debe esto? Yo me transformo muy deprisa: mi hoy contradice mi ayer. Con frecuencia salto peldaños cuando subo, cosa que los peldaños no me perdonan. Cuando llego a la cima, siempre me encuentro solo. Nadie me habla; el frío de la soledad me hace tiritar. ¿Qué es lo que quiero, entonces, en las alturas? Mi desprecio y mi deseo crecen a la par; cuanto más me elevo más desprecio lo que se eleva. ¡Cómo me avergüenzo de mi ascenso y de mis caídas! ¡Cómo me río de tanto anhelar! ¡Cómo odio al que vuela! ¡Qué cansado me siento en las alturas!”

El mancebo calló. Zaratustra contempló atento el árbol a cuyo pie se encontraban y habló así: “Este árbol está solitario en la montaña. Crece muy altanero para hombres y animales. Y si quisiese hablar nadie habría que lo pudiese comprender: tanto ha crecido. Ahora espera, y continúa esperando. ¿Qué esperará, entonces? Habita demasiado cerca de las nubes: ¿acaso esperará el primer rayo?”

Cuando Zaratustra acababa de decir esto, el mancebo exclamó con gestos vehementes: “Es verdad, Zaratustra: dices bien. Yo anhelé mi caída al querer llegar a las alturas y tú eras el rayo que esperaba. Mira: ¿qué soy yo, desde que tú apareciste? ¡La envidia me ha aniquilado!” Así habló el mancebo, y lloró amargamente. Zaratustra le ciñó la cintura con el brazo y lo llevó consigo.

Después de andar juntos durante algún tiempo, Zaratustra empezó a hablar así: “Tengo el corazón dilacerado. Mejor que tus palabras, me dicen tus ojos todo el peligro que corres. Todavía no eres libre, todavía buscas la libertad. Tus búsquedas te han desvelado y envanecido de manera excesiva. Quieres escalar la altura libre; tu alma está sedienta de estrellas; pero también tus malos instintos tienen sed de libertad. Tus perros salvajes quieren ser libres; ladran de placer en su cubil cuando tu espíritu tiende a abrir todas las prisiones. Para mí, eres todavía un preso que sueña con la libertad. Ay, el alma de presos así se vuelve prudente, pero también astuta y mala. Lo que ha libertado tu espíritu necesita aún purificarse. Todavía le quedan muchos vestigios de prisión y de lodo: es preciso, pese a todo, que tu vista se purifique. Sí, conozco tu peligro; ¡pero por amor de mí te aconsejo a no poner lejos de ti tu amor y tu esperanza!

Aún te reconoces noble, así como noble te reconocen los otros, los que están a mal contigo y te miran con malos ojos. Has de saber que todos tropiezan con algún noble en su camino. También los buenos tropiezan con algún noble en su camino, y si le llaman bueno es tan sólo para ponerlo de lado. El noble quiere crear alguna cosa noble y una nueva virtud. El bueno desea lo viejo, que lo viejo se mantenga. El peligro del noble, con todo, no es volverse bueno, sino insolente, burlón y destructivo. Ah, yo he conocido nobles que perdieron su más elevada esperanza. Y después calumniaron a todas las elevadas esperanzas. Ahora han venido viviendo abiertamente con menguadas aspiraciones, y sólo planificaron un fin de un día para otro.

El espíritu es voluptuosidad – decían. Y entonces su espíritu rompió las alas; ahora habrá de arrastrarse de atrás hacia delante, maculando todo cuanto consume. En otro tiempo pensaban hacerse héroes; ahora son holgazanes. El héroe es para él aflicción y espanto. Sin embargo, por amor de mí y de mi esperanza te digo: ¡no expulses para lejos de ti el héroe que hay en tu alma! ¡Santifica tu más elevada esperanza!”

Así habló Zaratustra.

Fonte: STUM World

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